Alejandrino
El verso de catorce sílabas, partido en dos hemistiquios de siete: el metro de la cuaderna vía medieval y del modernismo.
El alejandrino español mide catorce sílabas y se parte en dos hemistiquios de siete separados por la cesura: «La princesa está triste, // ¿qué tendrá la princesa?». Cada hemistiquio se mide como un verso entero: la sinalefa no cruza la cesura y la ley del acento final vuelve a aplicarse dentro de cada mitad, de modo que un hemistiquio terminado en palabra aguda vale siete con solo seis sílabas gramaticales.
Toma su nombre del Libro de Alexandre (siglo XIII) y es el metro de la cuaderna vía: cuatro alejandrinos monorrimos por estrofa, en Berceo o en el Libro de buen amor. El Siglo de Oro lo dejó caer en favor del endecasílabo y del octosílabo, y volvió con el romanticismo y sobre todo con el modernismo, que lo hizo flexible desplazando los acentos dentro de cada hemistiquio.
No lo confundas con el alexandrin francés: aquel tiene doce sílabas y no catorce, y el prestigio que en Francia recae sobre el verso de doce lo tiene aquí el endecasílabo, el verso de Garcilaso, Góngora y Quevedo. Contar un alejandrino exige dominar la sinalefa, la ley del acento final y el par diéresis/sinéresis; no hay ninguna «e muda» que contar.
Ejemplo
«La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?» — siete sílabas antes de la cesura, siete después.
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